20.10.2004 / Pregúntale a la primavera

Leyendo a Bukowski hace un par de años atrás me encontraba con que cada dos por tres , en sus relatos mencionaba a un escritor poco célebre como uno de sus preferidos.
En mis primeras exploraciones por el mundillo de la web por el ‘99 creo, llegué a La página de Charles Bukowski de Sergi Puertas: directa a los Favoritos. En otra oportunidad, entré nuevamente al sitio y vi que dos de las novelas del escritor que Buk mencionaba, se encontraban para descarga: “Pregúntale al polvo” y “Espera a la primavera, Bandini“, de John Fante.
Empecé a leer en pantalla el ebook de “Pregúntale…” y a la quinta página ya me lo quería leer todo de corrido. Así que en un acto de piedad con mis ojos, agarré y lo imprimí de punta a punta (eran otras épocas). En menos de cinco días terminé de leerlo y seguí con “Espera…”: esta vez fueron solamente las tres primeras páginas, y de ahí derecho a la impresora (definitivamente, eran otras épocas).
Sin el afán de Buk por rescatar a este ‘perdedor’, quizás Fante hubiera pasado desapercibido. “Preguntale…” data de 1939, y debido a las constantes recomendaciones de Buk a su editorial Black Sparrow Press, terminó siendo reeditado en 1979 con un extenso prólogo escrito por él mismo, hecho que derivó también en una excusa perfecta para conocerlo en persona.
Seguramente la mayoría de los lectores de este pasquín ya lo habrá leído o escuchado mencionar, pero qué va: se los recomiendo a todo seguidor de Bukowski, y también a cualquier lector en general. Fante no es Buk, pero definitivamente tienen muchos puntos en común: el estigma de perdedor cargando sobre sus hombros, condenado a un miserable futuro, las desgracias de lo cotidiano, y por sobre todas las cosas, un estilo de escritura directa que habla desde la sencillez y la honestidad.
Si quieres, a continuación puedes leer el prólogo que mencioné anteriormente a modo de introducción, o directamente ir por el enlace de descarga.
Prólogo del libro “Pregúntale al polvo”
YO era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Angeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía, se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. Había que volver a los autores anteriores a la Revolución Rusa para encontrar algo de aventura, un poco de pasión. Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos. A pesar de todo lo que podía haberse aprendido en los siglos precedentes, los autores modernos no eran lo que se dice muy hábiles.
Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás?
Probé en las distintas secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas, pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión. no me afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna parte.
Probé con la geología, y al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre.
Descubrí ciertos libros sobre cirugía y me gustaron los libros sobre cirugía: las palabras eran nuevas y maravillosas las ilustraciones. En concreto, me gustaron y memoricé los detalles de las operaciones del mesocolon.
Al final abandoné la cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos. (Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o beber y cuando la dueña de la casa le perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, y casi todos dormidos sobre el libro abierto.
Seguí recorriendo la sala general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación.
Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.
Tenía tarjeta de lector. Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros. Acabé Pregúntale al polvo y busqué más libros de Fante en la biblioteca. Encontré dos. Dago red y Espera a la primavera, Bandini. La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y no hablaban de otra cosa.
Sí, Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”.
Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto exacto de Angel’s Flight en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me preguntaba: ¿será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.
Treinta y nueve años más tarde he vuelto a leer Pregúntale al polvo. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene, al igual que las demás obras de Fante, pero que éste es el libro que prefiero porque constituyó mi primer encuentro con la magia. Escribió otros libros, además de Dago red y Espera a la primavera, Bandini. Por ejemplo, Plenitud de vida y The brotherhood of the grape. En la actualidad está escribiendo otra novela, A dream of Bunker Hill.
Al final, gracias a otras vicisitudes, he conocido al novelista este mismo año. Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión.
Es todo. A partir de este momento, el libro pertenece al lector.
Charles Bukowski / 05.06.79


21/10/2004 @ 7:35 am
Eso es, hay que promocionar a los buenos escritores. Podrías poner algo de información de Céline, ya que estamos, para el que no lo conozca.
23/10/2004 @ 1:36 am
Yo hice lo mismo. Sí que eran otros tiempos. A propósito de este post estuve un buen rato buscando aquellas hojas viejas para reeleerlas.
En eso estoy y es un gusto renovado.
Gracias por recordarme a Fante (y por todo)
23/10/2004 @ 7:53 pm
raskolnikov: celine, en cualquier momento.
luc: impreso y hasta espiralado. es mas, fueron los dos unicos libros que imprimi de principio a final. con pulp quise hacer algo parecido, aunque la tinta esa vez me jugo una mala pasada.
3/11/2004 @ 10:59 am
A proposito de Fante… un amigo mio es tan fanático que tuvo un bar en Quilmes que se llamaba Bandini (de mas esta decir que el bar tenia toooda la onda, habia libros para leer, fotos de peliculas, etc) Una lastima que por no transar con la yuta lo tuvo que cerrar
3/11/2004 @ 11:07 am
buena iniciativa la de tu amigo. lástima que las mejores cosas generalmente son las que duran menos.
en La Plata hay un boliche que se llama Bukowski, aunque después de ver lo que es, no tengo ni la menor idea de porqué le pusieron así.
10/2/2005 @ 12:21 pm
Soy Louis Ferdinand Destouches…
Bandini es lo mejor que le paso a la literatura norteamericana
20/3/2005 @ 5:28 pm
Podrían comentar al poeta de la redonda, Jorge Valdano…Memorias de un balón!
carajo! Bandini es un fantoche…
20/3/2005 @ 5:33 pm
Un amigo abrió un puticlub en San Fransisco Solano que lo hacía rejentear por un enano que siempre estaba en pedo (filia) y se hacía llamar UBANDINI
20/3/2005 @ 5:39 pm
aconsejo leer a Martin Cagnoni y su fulminante “El Fayón”…muy próximo a autores como Céline y Lamborghini…pero mas maleducado y reaccionario que Drieu de la Rochelle, bon apetit, les grars!
4/5/2005 @ 12:54 pm
Descubri a Fante y Celine por Bukowski…, ke maravilla…y me siento tan solo…a nadie le interesa.
17/5/2005 @ 5:39 pm
Los auténticos escritores son los que escriben para sí mismos de esa forma ayudan también a los demás a vivir
2/6/2005 @ 1:10 am
comence a leer pulp y es un cague de risa pero tampoco es tan superficial, ahora mismo es mi escritor de cache supongo hasta que lo queme de tanto leerlo…
25/8/2005 @ 11:54 am
Valdano que juegue al futbol y despues que se suicide, y vos Celine podrias acompañarlo en semejante determinacion. No mancilles a Bandini, pichon de Ubaldini.
10/4/2008 @ 2:17 pm
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