12.7.2004 / La calle

Henry Miller quizás haya sido uno de los últimos escritores que vio el mundo congelado y destruido y aún supo cantar con pasión sobre los escombros. El siguiente texto ha sido extraído de Primavera Negra, uno de sus mejores libros, y una de esas obras que se escriben sin saber lo que se ha hecho allí.

* * *

Soy un patriota del distrito 14 de Brooklyn donde me crié. El resto de los Estados Unidos no existe para mí, excepto como idea, o historia o literatura.

Haber nacido en la calle significa vagar toda la vida, ser libre. Significa accidente e incidente, drama, movimiento. Significa, sobre todo, ensueño. Una armonía de acontecimientos irrelevantes que dan a nuestro vagabundeo una certitud metafísica. En la calle se aprende lo que realmente son los seres humanos; de otro modo, o más adelante, uno los inventa. Lo que no está en el medio de la calle es falso, derivado, es decir, literatura. Nada de lo que se llama “aventura” se acerca nunca al sabor de la calle. No importa que volemos al polo, que nos sentemos en el fondo del océano con una almohadilla en la mano, que levantemos nueve ciudades una tras otra o que, como Kurtz, remontemos un río y nos volvamos locos. No importa cuán excitante; cuán intolerable sea la situación, siempre habrá salidas, siempre habrá mejoras, comodidades, compensaciones, periódicos, religiones. Pero alguna vez no hubo nada. Alguna vez fuimos libres, salvajes, asesinos…

Los muchachos a quienes hemos adorado la primera vez que pisamos la calle se quedan con nosotros para toda la vida. Son los únicos héroes reales. Napoleón, Lenin, Al Capone… pertenecen al mundo de la ficción. Napoleón no vale para mí nada frente a Eddie Carney, que me puso por primera vez un ojo negro. Ningún hombre que yo haya encontrado nunca me ha parecido más principesco, más regio, más noble que Lester Reardon, quien por el mero hecho de caminar por la calle, inspiraba miedo y admiración.

Mientras otros recuerdan de su juventud un hermoso jardín, una madre cariñosa, una estadía en el mar, yo recuerdo, con una claridad que parece grabada en ácido, las sombrías paredes cubiertas de hollín, las chimeneas de la fábrica de hojalata de enfrente, los brillantes pedazos redondos de lata que se tiraban a la calle, algunos relucientes y brillantes, otros apagados, oxidados, color cobre, que dejaban una mancha en los dedos; recuerdo las acerías donde ardía el rojo horno y los hombres caminando hacia el ardiente pozo con enormes azadas en la mano; afuera quedaban las chatas formas de madera como ataúdes atravesados por varas, en las que nos desgarrábamos las pantorillas o nos rompíamos el pescuezo. Recuerdo las manos negras de los forjadores; el polvo de hierro que se había metido tan profundamente dentro de la piel que nada podía sacarlo, ni el jabón, ni la grasa, ni el dinero, ni el amor, ni la muerte. ¡Era como una marca negra sobre ellos! Marchaban hacia el horno como diablos de manos negras… y después, cubiertos de flores, fríos y rígidos en sus trajes domigueros, ni siquiera la lluvia podía lavar el polvo. Todos esos hermosos gorilas subían hasta Dios con sus músculos hinchados, con su lumbago y sus manos negras.

Pasamos imperceptiblemente de una escena, una edad, una vida, a otra. Súbitamente, al caminar por una calle, ya sea en realidad o en sueños, se descubre por primera vez que los años han huido, que todo se ha ido para siempre y que vivirá sólo en el recuerdo; entonces el recuerdo se vuelca hacia adentro con una claridad aferrarte, extraña y volvemos perpetuamente sobre esas escenas y esos incidentes, en sueños y en ensueños, mientras caminamos por una calle, mientras nos acostamos con una mujer, mientras leemos un libro, mientras hablamos con un desconocido…

Súbitamente, pero siempre con aterradora insistencia y siempre con aterradora precisión, estos recuerdos intervienen, surgen como fantasmas e impregnan cada fibra de nuestro ser. A partir de entonces todo se mueve en niveles cambiantes: nuestros pensamientos, nuestros sueños, nuestras acciones, toda nuestra vida. Un paralelogramo en el que saltamos de un escalón de nuestro cadalso hacia otro.

A partir de entonces caminamos divididos en millares de fragmentos, como un insecto de cien pies, un ciempiés de patas delicadas que bebe en la atmósfera; caminamos sobre filamentos delicados que beben ávidamente el pasado y el futuro, y todas las cosas se derriten en música y en tristeza; caminamos contra un mundo unido, afirmando nuestra división. Todas las cosas, cuando caminamos, se dividen con nosotros en miríadas de fragmentos iridiscentes. La gran fragmentación de la madurez. El gran cambio. En la juventud éramos un todo y el terror y el dolor del mundo penetraban en nosotros total y enteramente. No había una aguda separación entre la alegría y el pesar: se fundían en una sola cosa, como nuestra vida de vigilia se funde con el ensueño y con el sueño. Nos levantábamos siendo un ser por la mañana y por la noche bajábamos a un océano, nos ahogábamos completamente, aferrando las estrellas y la fiebre del día.

Después llega un tiempo en el que todo parece al revés. Vivimos en la mente, en ideas, en fragmentos. Ya no bebemos la salvaje música exterior de la calle… la recordamos solamente. Como maniáticos revivimos el drama de la juventud. Como una araña que escupe el hilo de su tela siguiendo una trama obsesiva, logarítmica. Si nos conmovemos ante un gordo busto es por el recuerdo del gordo busto de una puta que se inclinó una noche de lluvia y nos mostró por primera vez la maravilla de sus grandes globos lechosos; si nos conmueven los reflejos de una calzada mojada es porque a los siete años fuimos súbitamente aguijoneados por la premonición del porvenir mientras mirábamos sin pensar el brillante y líquido espejo de la calle.

Si la visión de una puerta que se mueve nos intriga es por el recuerdo de un crepúsculo de verano en el que todas las puertas se movían suavemente y allí, donde la luz se inclina para acariciar a la sombra, había pantorrillas doradas, encajes y brillantes sombrillas y, a través de las rendijas de la puerta que se movía, como fina arena que se agita sobre un lecho de rubíes, se agitaba allí la música y el incienso de fabulosos cuerpos desconocidos. Quizás, cuando esa puerta se abría para darnos una sobrecogedora visión del mundo, quizás, entonces, tuvimos la primera percepción del gran impacto del pecado, la primera vislumbre de que, en estas mesitas redondas que giran en la luz, mientras nuestros pies perezosos rascan la viruta y nuestras manas tocan el frío borde de los vasos, aquí, en estas mesitas redondas que más adelante vamos a mirar con tanta nostalgia y reverencia, aquí, repito, vamos a sentir en los años venideros el primer hierro del amor, las primeras manchas de la oxidación, las primeras negras manos como garras del pozo, los primeros brillantes trozos circulares del latón, en las calles, las siniestras chimeneas de color de hollín, el desnudo olmo que surge como un latigazo en el relámpago de verano que grita mientras arrecia la lluvia, mientras saliendo de la cálida tierra los caracoles se deslizan milagrosamente y todo el aire se vuelve azul y como de sulfúrico. Aquí, sobre estas mesas, a la primera llamada, al primer contacto de una mano, vendrá el amargo y mordiente dolor que retuerce las tripas; el vino se agria en nuestras barrigas; un dolor brota de las plantas de los pies y las redondas mesillas giran con la angustia y la fiebre de nuestros huesos ante el suave y ardiente contacto de una mano. Aquí está enterrada leyenda tras leyenda de juventud y melancolía, de noches salvajes y de pechos misteriosos bailando en el mojado’ espejo del pavimento, de mujeres que ríen bajito mientras se arañan, de gritos de marineros enloquecidos, de largas colas frente al vestíbulo, de barcos rozándose en la niebla y de remolcadores pitando furiosamente contra la marea que sube, mientras allá, en el puente de Brooklyn, un hombre espera en agonía, para saltar, o para escribir un poema, o para que la sangre deje al fin sus arterias porque, si da un solo paso, el dolor del amor lo matará.

El plasma del ensueño es el dolor de la separarán. El ensueño prosigue después que el cuerpo está enterrado. Caminamos por las calles con mil patas y ojos, con peludas antenas que registran la más mínima clave y recuerdo del pasado. En el vagabundeo sin dirección nos detenemos aquí y allí, como largas plantas pegajosas, y tragamos enteros los trozos vivos del pasado. Nos abrimos suavemente y nos entregamos a beber en la noche y en los océanos de sangre que ahogaron el sueño de nuestra juventud. Bebemos y bebemos con sed insaciable.

Uno camina en una jaula redonda de niveles cambiantes, Pas estrellas y las nubes bajo el ascensor, y las paredes de la jauta giran y no existen hombres o mujeres sin cola o sin garras, mientras que, sobre todas las cosas, están grabadas las letras del alfabeto en hierro y en permanganato: Uno gira y gira en una jaula redonda al compás de Pos tambores; el teatro se quema y los actores siguen ensayando sus papeles; la vejiga estalla, se caen los dientes, pero el quejido del payaso es como el ruido de la caspa que cae. Uno camina alrededor en las noches sin luna en el valle de los cráteres, el valle de los fuegos muertos y de las calaveras blanqueadas, de Pos pájaros sin alas. Girando. Girando caminamos, buscando el eje y el nudo, pero los fuegos están quemados hasta las cenizas y el sexo de Pas cosas está oculto en el dedo de un guante.

Entonces un día, como si súbitamente la carne se deshiciera y la sangre baja la carne se hubiera fundido con el aire, súbitamente el mundo entero vuelve a rugir y el esqueleta mismo del cuerpo se derrite como cera. Este día puede ser la primera vez que encontramos a Dostoievski. Recordamos el olor del mantel sobre el que estaba el libro; miramos el reloj y, sólo faltan cinco minutos para la eternidad; contamos los objetos sobre la chimenea porque el sonido de los números es un ruido enteramente nuevo en nuestras bocas, porque todo, lo nuevo y lo viejo, lo tocado y lo olvidado, es un fuego y un mesmerismo. Ahora todas las puertas de la jaula están abiertas y cualquier camino por el que avancemos va en línea recta hacia el infinito; una línea recta y loca, sobre la que rugen las grandes olas y los grandes pájaros fabulosos de mármol y de índigo se deslizan para depositar sus afiebrados huevos. Sobre las olas, lanzando fosforescencias, marchan orgullosos y corcoveando los caballos esmaltados que acompañaron a Alejandro, con los orgullosos vientres ceñidos y brillantes de calcio, los hoyos de las narices sumergidos en láudano. Ahora todo es nieve y piojos, con la gran banda de Orión lanzada sobre las ingles del océano.

¡Oh, mundo, estrangulado y derribado!, ¿dónde están los fuertes dientes blancos? ¡Oh, mundo, que te hundes con las bolas de plata, los corchos y los salvavidas!, ¿dónde están los rosados cueros cabelludos? ¡Oh mundo glabro, glorioso, clarioso, masticado ahora hasta el desmenuzamiento: ¿bajo qué luna muerta yaces, frío y brillante?

chinaski · Literatura

Hay 2 comentarios para la entrada “La calle”

  • Pocho dijo:

    18/9/2004 @ 7:44 pm

    ¿¿Está el libro “Primavera Negra” completo en la Web??…sería bueno que estuviera.

  • chinaski dijo:

    18/9/2004 @ 9:16 pm

    Pocho: hasta donde yo sé, no. Pero estaré atento… ;)

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