26.11.2005 / Estallando desde el océano

Un bocinazo, la palabra “quietud” garrapateada en una mesa de bar, un billete de veinte partido al medio, el llegar tarde a esa cita tan esperada, dos pájaros negros y no tres, un estornudo en Madrid o un malentendido en Bogotá. Piezas del complot universal y un estado natural de paranoia que late en todos los vértices, como consecuencia de eso. Cuando de repente una vaga sucesión de fenómenos y encadenamientos en apariencia fortuitos inesperadamente se reacomodan en un sistema de vinculaciones y por el lapso de una efímera eternidad el siniestro rostro del plan queda al desnudo en un desprendimiento continuo de mensajes, cuadros o advertencias, puertas que se abren o se cierran y que quizás logremos avistar en este intrincado sendero por el que transitamos como ángeles o moscas desde hace veinte millones de años: algunas palabras del Adiós a la red de Hakim Bey hace cinco años atrás, las descontroladas proyecciones de Burroughs en la mesa de un sombrío comedor con olor a polvo y callejón y la paciencia que se acaba y se convierte en miles de destellos y fuegos que gritan y resuenan en algún sector del rizoma.

chinaski · Pensamiento y crítica

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