Antes que estalle todo el rollo de los cortes, la guerra gaucha y el desabastecimiento y encarecimiento de la batata y el chorizo que aqueja al país… o al menos cuando recién todo eso estaba empezando a asomar cabeza… se venía hablando con cierta continuidad de cosas como ésta. Después, la cosa se hizo humo y no precisamente humo dulce. Aunque M. me acaba de pasar el dato de que el proyecto YA ES LEY. ¿Será? A propósito, a ver qué opina la plebe sobre el tema.
- La piba del cabaret de la que me enamoré, desapareció.
- Ufff.
- Para mí que se fue a hacer un aborto. Cuando llamé y pregunté por ella, me dijeron que por un problema importante tuvo que volver para sus pagos, que quizás vuelva en un mes. Pero no sé, estas locas mienten como la gran siete. Bueno, en realidad la gran mayoría de las personas mienten. Una vez me crucé con una loca que me dijo “no me gusta mentir”, e indefectiblemente pareció decirme toda la verdad en apenas unos poco minutos.
- No te enrosques al pedo. Ni dejes que te enrosquen.
- Digo, en definitiva, ¿qué carajo te importa lo que hagan los otros con vos? Vos podes defenderte, ¿no?
- Lo que me importa un carajo es lo que hagan los otros con ellos mismos, pero lo que hagan conmigo me importa. ¿O vas a dejar que te metan el dedo en el culo?
- Si me sirve para conseguir ciertas cosas, ¿porqué no?
- Y bueno. Nadie da nada sin nada a cambio, etc.
- Sí, habrá algún que otro desgraciado, pero yo no espero mucho de los demás. Dejá que los otros sean como quieran ser, ¿qué te importa?
- Que sean como quieran, me importa tres rábanos. Lo que no podés es dejar que hagan con vos lo que se les canta.
- Nadie puede hacer con vos lo que se le canta. Ni siquiera el tipo que viola a una pendeja puede hacer lo que se le canta, ni uno que quiera matarte para robarte el dinero. El tipo que roba en realidad quiere que vos le ofrezcas tu plata, y el que viola a una pendeja en realidad quiere que la pendeja lo viole a él. El mundo está lleno de pobres diablos que necesitan algo del otro.
- Da para pensarlo.
- En realidad hay muchos giles, y mucha gente con miedo, y unos pocos hijos de puta. Creo que los hijos de puta son demasiado pocos.
- Los hay de a montones. Como las hormigas.
- ¿Conocés a alguno?
- A varios…
- No creo. Yo podría actuar como un hijo de puta y hacer que todos piensen que, efectivamente, soy un hijo de puta. Pero en realidad soy maricón, como tantos otros. El ladrón roba y sale corriendo. El asesino trata de que no lo descubran. Nadie es lo suficientemente hijo de puta como para hacerce cargo de sus cosas. Creo que si me ponen enfrente a un verdadero hijo de puta, me cago en los calzones.
- Nadie quiere terminar encerrado en una jaula.
- Por eso son maricones. El hijo de puta sigue hasta el final, no le importa absolutamente nada, ni siquiera él mismo. Además hay que buscar las razones de porqué uno hace determinada cosa o se comporta de determinada forma. Si robo es porque tengo miedo de morirme de hambre; si mato a alguien es porque tengo miedo de que me maten a mí, etc. Después están los boludos, que lo hacen solamente porque creen o suponen que hacen lo correcto. Como la mayoría de los milicos y esos que van a las iglesias. El tema es poder ponerse por un instante en el lugar del otro y ver qué haría uno en las mismas circunstancias. Una violación, un asesinato. La cuestión es hacerlo o no hacerlo, usar la razón, eso es lo único que diferencia a los animales de los seres humanos.
- Abusar es de hijo de puta en cualquier circunstancia.
- Claro, pero vos podés elegir que es lo que querés, no sos un hijo de puta por no razonar, sólo un tipo que no razona. No es lo mismo el que razona como un hijo de puta. No sólo los locos no razonan, depende mucho de las circunstancias y también del estado de ánimo. Si te roban una vez quizás te importe un carajo, pero si te roban todos los días es muy probable que en algún momento salgas con una navaja a matar al primero que te agarre del brazo.
- El mundo está loco de por sí, y…
- Volviendo al tema… cuando vuelva a ver a esta piba le voy a decir sin titubear que estoy enamorado de ella. La otra vez fui decidido a preguntarle qué le estaba pasando. Ni siquiera quería coger, pero la loca vino y se me tiró encima, y me quedé en calzoncillos para no quedar como un tarado. Hablando me saltó la ficha y me preguntó si estaba enamorado. Me reí y se lo negué y ella se rió también. Entonces me bajó el calzón y me la entró a mamar, y por un instante me olvidé de todo. Me eché el polvo y me fui a la puteadas, no sin antes preguntarle si sabía si iba a volver. ¿Vos creés que estoy loco?
- Un poco, quizás. Pero igual todos estamos un poco o muy locos, así que no es algo que deba preocuparte.
- Preocupémonos por los que no están para nada locos. O por aquellos que de tan locos que están, no lo saben.
- No hay que preocuparse por nadie en realidad.
- Eso decía yo hace unos años, pero si todos usan pollera nosotros tenemos que andar en pelotas, ¿entendés?
- A ver…
- No importa. Lo que me preocupa ahora es este tirón que siento en la espalda. A veces cuando me inclino se me viene un dolor del carajo.
- ¿Y hace cuánto que te pasa?
- Dos meses.
- ¿Y te hiciste ver?
- No tuve tiempo. Entre el quilombo de la herencia, los análisis y el tema del viaje ando con la cabeza en cualquier parte.
- Cuándo no.
- Lo peor es que mientras más pienso, menos entiendo. Y mientras menos entiendo, menos hago.
- Regla de tres simples…
- Qué se yo. Me tomaría vacaciones de un año en el culo del mundo, alejado de todo esto. En una isla tipo Lost, ponele. Después se complica para salir pero no importa. Si hasta tienen cerveza y todo ahí.
- Sí. También se complica con la banda ancha, ¿eh?
- ¿Y vos como andás, seguís enamorado?
- Ehm…
- La última vez que los vi juntos se los veía tan…
- Precisamente. Cada pareja me dura menos que la anterior.
- Qué poco enamoradizo que sos.
- ¿Qué hora es? ya me está viniendo el sueño.
- Hablando de sueños… anoche tuve un sueño muy extraño. Estaba sentado frente al mar, la playa desierta y todo nublado. El mar me fascina. Simplemente estaba ahí, con la mirada perdida en algún punto, absorto en su inmensidad. En algún momento cerré los ojos, con el ruido de las olas de fondo. Entonces me di cuenta de que desbordaba felicidad y ni siquiera sabía porqué. Me sentía jodidamente felíz. ¿Entendés? Como cuando era un niño y no me preocupaba ni sabía nada de nada pero así y todo era absolutamente felíz. Imaginate la escena. Hace tanto que no veo el mar y tengo tantas ganas de estar ahí… debe ser eso. Bueno, resulta que estaba ahí y en un momento sentí que alguien me tocaba la espalda. Me agarró un cagaso terrible… pero en ese momento recuerdo que pensé: “bah, si total es sólo un sueño, qué me puede llegar a pasar”. Pensé eso mientras estaba soñando. Recuerdo que una sola vez anteriormente pude llegar a maquinar así dentro de un sueño. En fin, el tema es que empecé a abrir los ojos y sin saber con qué me iba a encontrar, me di vuelta. Y ahí estaba Clint Eastwood, mirándome seriamente, en silencio. Me quedé mudo, sin saber muy bien qué decir.
- ¿Clint Eastwood? ¡Merde!
- Sisisi. Y el tipo empezó a reírse mal, una risa extraña, se sacó el sombrero que llevaba puesto y me lo dió diciéndome que era mío. Lo agarré y lo miré. Pensé, “es la primera vez que veo un sombrero así… y de todos modos, ¿para qué cuernos quiero yo un sombrero?” Cuando levanté la vista el tipo ya se había ido, y cuando me di vuelta ya no había mar sino un desierto inmenso y hacía un calor de cagarse. ¡Y qué iba a hacer parado ahí sin hacer nada! De modo que me puse el sombrero y empecé a caminar.
- ¿Y después?
- Después nada. Qué se yo. ¿Qué se puede esperar después de todo eso? Ahí me desperté cagado de calor, resulta que a alguien se le había ocurrido apagar el ventilador.
- Mmm. En una de esas pasaba Jim Morrison y te ponías a charlar con él y te contaba un par de chistes.
- Qué se yo. Aunque haya sido un puto sueño. Hacía tanto que no veía el mar, hacía tanto que no me sentía tan felíz, y Clint Eastwood me cagó el momento de felicidad. ¿Te das cuenta?
- Ponete contento.
- Ah si. ¿Porqué?
- No todo el mundo puede decir lo mismo.
Éramos dos hasta que fuimos tres. Y después cuatro. En la placita hacía un frío que te cagas, pero ya era hora de que se vaya el calor y llegue este invierno abordable y delicado. Y cuando la cosa se pone así…
AGARRATE CATALINA
Cuando se vengan las grandes inundaciones y sequías y tsunamis y cataclismos alrededor del globo. Que ya son una realidad y con buena prisa se nos están viniendo encima. Hasta hace no mucho, si te preocupabas por el medioambiente no eras más que un aburrido snob ecologista pero hete aquí que al final tenían toda la razón del universo. Aplaudo de pie a esos locos con visión que ya están buscándose un refugio ante el inminente desastre climático mientras la gran mayoría seguimos preocupados por la inflación económica o lo mal que pinta la última peliculita de Tarantino. Está clarito: el mundo no va a explotar debido a una Tercera Guerra Mundial como se creyó durante medio siglo, y mucho menos por una invasión de enloquecidos marcianos colocados en LSD. Sería muy fácil, como ciudadanos, desligarnos de la responsabilidad que supone cualquiera de esas dos posibles causas que nos lleven al apocalipsis, porque hasta donde sé ninguno de nosotros iría a ponerle el culo a una guerra ajena y mucho menos transaríamos con marcianos. Aunque tengo mis serias dudas acerca de esa última parte, pero hagamos de cuenta de que no, y sigamos adelante.
Como simpatizante de la sci-fi que soy, imagino que a mediano o corto plazo la pacha mama se va a enojar de verdad y se va a ir todo al reverendo carajo y unos pocos afortunados lograrán escapar en una gran nave hacia algún planeta y fundarán un nuevo circo, dejando al resto de la humanidad palmando y sobreviviendo en este frío y solitario mundo. Tal vez bajo tierra, tal como lo retratara Terry Gilliam en 12 monos. Digamos que tampoco es muy compleja ni detallada mi visión de futuro, y que mi capacidad de relatar historias es pésima, porque de lo contrario ahora mismo estaría escribiendo EL bestseller de la sci-fi de todos los tiempos y desde ya, estaría planeando unas largas vacaciones en Bali o cualquier isla de esas para cuando sea millonario. O mejor aún, me compraría una suite de lujo en el hotel que dicen que van a construir en la luna. Y no es un delirio ni una alucinación, ni siquiera una invención de aquel limado que en la pared de la esquina de mi casa escribió prolijamente con aerosol:
SI NO ES ÉXTASIS, ES DE ROCHE
Que no es precisamente un derroche ni una campaña en contra de Bayer, sino más bien una acumulación de dinero incalculable que juntan con palas los señores de los laboratorios farmacéuticos que siguen insistiendo en patentar hasta las burbujas para seguir recaudando más dinero aún y que a su vez son amigos de los economistas de este país, esos mismos que presidente tras presidente le vienen poniendo la firma al asunto desde hace más de treinta años y se codean con los que lavan la guita proveniente del narcotráfico mundial en la banca norteamericana o suiza y que además son amantes de los señores de la industria armamentista y de todos los demás descerebrados que conforman el perverso entramado del viejo y no tan nuevo orden mundial y la mar en coche. Es decir: nada nuevo bajo el sol, pero nunca está demás aclararlo, y en definitiva también es una bonita forma de recordar que, en estos tiempos de elecciones y promesas discursivas, votar a luciano o a mengano no sirve de nada aunque creas en un posible cambio y abriendo bien los ojos te la agarres apasionadamente con la mano. “Boludo, las planchas de Rivotril se venden más que el pan casero”, me comentaba acariciándose la barbilla un farmacéutico amigo que anda metido en el tema. A todo esto, ¿qué dirán los muchachos del INDEC?
Pero el rollo es serio y no está para la chacota. Se trata ni más ni menos que el mismo truco de siempre: primero te meten el bicho y después te venden la cura. El éxito de todo negocio es vender un producto que la gente necesite. Y si esa necesidad no existe, pues inventémosla. Sin fronteras y creciendo día tras día, el comercio impulsa un redituable mercado de barbitúricos, anfetas y demás fauna química encapsulados en forma de golosina para adulto. Hasta me animaría a decir que el 90% de la gente que conozco y que conoceré en los próximos años consume, consumió o consumirá alguna clase de porquería sintética, legal o ilegal, ya sea para acelerarse en una disco o para poder pegar un ojo al final del día, para descocarse a lo grande bajo el cielo estrellado o para hacerse una paja a dos mil kilómetros por hora, para bajar un par de kilitos y moldear esa mentalidad anoréxica que imponen las pasarelas o simplemente para poder asomarse al vertiginoso aburrimiento de esta vida o evadirse totalmente de ella. Y mejor ni ponerse a pensar en todas las miserias humanas que llevamos en la mochila porque ahí sí que se nos viene la sudestada y nos ahogamos todos en un mar de lágrimas. Entonces, entonces: entonces después que nadie se asombre de lo enroscado que anda el mundo y su gente, de toda la esquizofrenia colectiva que se expande a toda hora por todas las calles de todas las veredas de todas las manzanas que conforman este estado mafioso argentino que supimos conseguir, y de todas las guerras que inventan los arquitectos de este in-mundo desierto, tan desierto que si lo mirás con detenimiento se parece mucho a:
EL CULO DE LA MISMÍSIMA NADA
Esa misma nada en la que todo concluye al fin, como decía esa pelotudísima canción que alguna vez todos cantamos como pelotudos tomados de la mano al final de algún fogón de escuela secundaria. Y en medio de esa inexorable nada (que no es lo mismo que Gran Hermano, aunque la comparación resulte tan tentadora como Penélope Cruz en bolas), totalmente perdidos o dispersos, a veces se hace muy difícil volver al punto de partida, sobre todo en esta maroma de aromas donde ya ni recuerdo qué escribí hace veinte segundos. Pero no importa, claro que no. Ya lo dijo el poeta: no importa de dónde venimos sino hacia dónde vamos. Como individuos, como nación, y como humanidad. ¿Cómo?, se preguntarán algunos incrédulos. Diríase que como el culo, básicamente. ¿O es que acaso hay otra manera de ver el asunto? Ok, es cierto. Se supone que no debería decir “culo”. “Culo” es desubicado y queda como el orto. Decidida y consecuentemente. Porque tampoco es cuestión de dejar la elegancia de lado, aunque en algún momento haya decidido cambiar el shampoo por el vulgar jabón debido a que es lo único que no me produce caspa. Además toda esta cosa de productos para el pelo ya me marea, tanta variedad me hace sospechar seriamente que todas esas nuevas fórmulas son puro invento del departamento de márketing y no sirven para un catzo. ¿O me van a decir que el wash n’go de quinta generación viene con componentes enzimáticos tan avanzados que hasta son capaces de ponerse a conversar con el cabello y de contarle un par de chistes para que no se aburra en lo que dura el lavado? Total, esta cosa de hablar lo hace cualquiera, uno viene juntando vocablos y armando frases prácticamente desde que llegó al mundo. Como todo este berrinche de palabras que vienen a colación de no sé qué que empezó no sé cuándo y después, y después, y después, pero ya saben que aunque no nieve los picos se ponen blancos y la balanza siempre apunta para un solo lado, y por más que digas lo que digas o hagas lo que hagas o digas que decís que hacés cuando decís algo que en realidad no hacés (¡delirante tú!), la noche siempre se toma el raje en los mejores momentos y entonces se nos viene encima la mañana, y volviendo al tema de aquella pelotudísima canción en la que todo se termina, pasamos a otra canción mucho más bonita y bella que en el estribillo decía:
GOODBYE RUBY TUESDAY
Aunque sea sábado y no queden rubíes ni alajas para farfalear.
Aunque pensándolo mejor debería dejar de farfalear en algún momento.
Aunque no se me ocurra una buena manera de ir finalizando este así porque sí.
Aunque.
Cri cri.
Nunca se me dio eso de ser una persona sumamente ocupada. Ya saben: no más de cuatro horas diarias de obligaciones, que equivalen a cuatro horas diarias de curro nocturno, salvo en días de deadlines y otras raras excepciones. Pero en épocas normales como ésta, el resto del tiempo se reparte entre rascarse a tres manos y rascarse a tres manos. Claro que podría extender la jornada laboral al doble de tiempo y seguramente ganaría el doble de pasta, pero al cambio actual del euro por el momento la cosa va tirando sin prisas y de todas maneras eso iría en contra de un principio fundamental: como decía la vieja de enfrente, “hay que darle al alma todo el tiempo que sea necesario”. Por supuesto, interpreten “alma” como se les cante el moño y siempre, siempre, siempre, hagan con ella lo que se les venga en gana, y de cualquier forma quién sabe dónde se encuentra exactamente, si en el corazón o en la cabeza o en los ojos o en las tripas o en la entrepierna.
Siempre renegué de los teléfonos móviles. Me parecen sencillamente un instrumento de control aterrador, gran invento para jefes obsesivos, empleados leales, parejas de enamorados y (espacio en blanco para alguna ocurrencia futura). Tampoco le encuentro demasiado sentido a ese invento de la web tan en boga llamado twitter, suerte de sms socializado donde podés contarle al mundo si en este preciso instante estás tomándote un cafecito con medialunas o sacándote un moco con el dedo meñique. Pero a lo que iba, ya van varias veces que trataron de obsequiarme o más bien encajarme un móvil pero no, no hay caso. Porque si se trata de estar comunicados, con un teléfono fijo y con esto de la interné me alcanza.
Por alguna razón que desconozco también renegué de las consolas de vieojuegos. Sobre todo de las modernas (mediados de los 90’s para acá) por considerarlas una auténtica pérdida de tiempo. Cosa rara viniendo de alguien que durante su infancia estaba totalmente obsesionado con los videojuegos (y las computadoras en cierto modo) y se pasaba horas y horas sumido en aquellos lisérgicos videotemplos que años más tarde sucumbirían ante la popularización de las consolas hogareñas y los juegos en red. Ya de más grande, en una época se me dio por hacer auténticas maratones de Civilization (I, II y III) en la PC y cosas por el estilo pero eran más bien raptos que no duraban más de dos semanas.
Pero a fin de cuentas todo cambia, y lo que antes consideraba como pérdida de tiempo, ahora puede que sea “tiempo para el alma”. Sin una excesiva carga de una rutina laboral fija, cuando ando mucho por la calle pinta la marcha y no aparezco ni de puto pedo y si últimamente ando mucho por casa es porque hace un frío de la ostia. Y si no posteo durante un mes no es por falta de tiempo, sino precisamente por todo lo contrario. Porque hablando de entretenimientos caseros… la última tentación a la que sucumbí se llama Playstation. Y acá sí que no hacen falta fichas para seguir jugando. ¡Como si faltaran vicios! En fin. Ya estoy pensando seriamente en comprarme un cartón de atados de cigarro. O dos. Y procurarme unos cuantos canutos. No sea cosa de tener que levantar el culo de la silla para salir a pescarme un resfrío.
Después de 273 siglos aproximadamente, hoy entré a una librería. A ver si me explico: no suelo ir a ningún lado a no ser que tenga la NECESIDAD de acudir a él, nada de salir a pasear así porque sí, o a ver qué hay de nuevo por ahí, ni a salir a tomar aire fresco tal como recomiendan los ex fumadores o esa gente que le gusta salir a la calle a mostrarse. El minimercado, el banco, la verdularía, el kiosco, el puntero de la esquina, son ejemplos claros de lugares NECESARIOS a los que uno tiene que acudir con cierta frecuencia.
Pero en fin, decía que después de 273 siglos aproximadamente, hoy entré a una librería. La única librería de mi barrio. Simplemente pasé por enfrente y luego de mirar la vidriera durante un minuto, me metí. Hace un par de años atrás, podía pasarme horas dentro de una librería o disquería hurgando cosas para llevar. Hoy no ocurre nada de eso: todo se reduce a hacer de todo el rollo un trámite lo más escueto posible. Nada de ir a divagar con las doscientas treinta y dos mil ediciones y reediciones distribuidas en mesas y estanterías y paredes y mostradores. Lo mismo que me ocurrió siempre al momento de salir a comprar ropa. Seguir leyendo… »
Mirá, lo vengo pensando desde hace un montón, pensando y midiendo y considerándolo desde todos los ángulos, no es que de repente se me ocurrió de un día para el otro, viste, en una de esas sale, y si llega a salir, si llega a salir… Por momentos es como que estoy convencidísima pero al rato pienso que nada que ver. ¿Vós que opinás? Dejá, no importa, no me digas porque si me decís me voy a enroscar más de lo que estoy y ni que tuviese pocas roscas encima. Ya está, o sea, cambiemos de tema mejor, hace una hora que te estoy aburriendo con lo mismo. Sabés, me gusta tu forma de vestir, es que, ahí está, vos no podrías vestirte de otra forma, esa ES tu forma, ¿entendés?, me gustan esos pantalones, además deben ser cómodos, ¿no? tendría que conseguirme unos así, para ahora que se viene el calorcito… Mirá, ¿te gusta como estoy vestida? Hoy fui a trabajar así, sucede que ayer a la noche no volví a casa y hoy fui directo al trabajo, y toda la gente me miraba, pero igual me pongo estas gafas negras y hago la mía, entendés, ¿te gustan cómo me quedan? Ay, tengo el pelo hecho un desastre, ¿me lo dejo suelto o me lo ato? Suelto mejor, sí… me lo tendría que cortar, ya sé, me lo voy a teñir y cortar, pero no muy corto, por acá, ¿ves? tendría que cortármelo, vos lo tenés largo también. Me lo iba a cortar esta semana pero al final fui a hacerme un piercing acá en la nariz, ¿ves? Tengo un par, mirá, este de la ceja, el de la lengua seguro que ya lo viste, también tengo este del ombligo que fue el primero hace un montón, ya ni me acuerdo cuándo me lo hice. ¿Te quedan cigarrillos? Dejá, creo que me queda uno, ves, eso sí, voy a tener que pedirte fuego, no sé qué hice con el mío, hace un rato lo tenía en el bolsillo y ahora ya no sé, soy un desastre con los encendedores, en mi casa tengo como veinte porque los voy perdiendo y después los encuentro, como las lapiceras, nunca encuentro una cuando necesito y después van apareciendo lapiceras por todos lados, ¿no te pasa? es terrible. Y… y… me olvidé lo que iba a decir… ja, hoy estoy terrible, justo hoy me venís a conocer… pero bueno, es lo que hay, ¿no? Ya sé… a vos te tengo visto del día del cumpleaños de A., yo sabía que te tenía visto de algún lado. Igual ese día no cruzamos ni una palabra, pero me acuerdo de vos. Decime, ¿cuántos años tenés? No me digas, no importa. Yo tengo 39, ¿se nota? y tengo un nene de 12. Viví toda mi vida en esta ciudad y ¿sabés que? nunca me aburrió, nunca. En realidad estuve viviendo en Buenos Aires la época en que estuve casada, casi cinco años, pero igual después me volví para La Plata, me encanta esta ciudad, hace poco me compré una bicicleta para andar por acá, me encanta andar en bicicleta por acá, iba a comprarme una moto pero al final no salió. A todo esto, ¿qué hora es? Vos tampoco usás reloj… fijate, la radio dice… ahí arriba… debe ser tarde, ¿no? no sé a qué hora vuelve A., pero viene tarde, ayer salió a las 3 del restaurante, hoy seguro que también, qué manera de trabajar este tipo… de todas formas me dejó la llave… yo le cuido la casa. Se la cuidamos los dos, ¿dale? Mirá, hace un rato antes de que llegaras estaba por pedirme algo de comer, estaba por pedirme media docena de empanadas. Pero ya no tengo hambre. ¿Podríamos salir no? Igual no tengo muchas ganas, estoy super cansada, anoche estuve casi sin pegar un ojo, fui a trabajar casi sin dormir, vestida así tal cual estoy ahora, pero… creo que ya te conté eso, ¿no? Jaaaa…. ¿Sabés que? Me vendrían re bien unos masajitos. Mirá, sentate acá, eso, a ver, esperá que me corro el pelo, o mejor me lo ato. Eso. Haceme masajes y yo te hago a vos después, ¿dale? Ahí, un poco en los hombros… y en la espalda… eso… qué bueno. Me encantan los masajes, ¿y a vos? Ya sé, no me digas. ¿Tocás algún instrumento? Tenés toda la pinta que sí, ¿sabés? Yo tocaba el bajo, hasta tuve banda y todo, hace mucho de esto, después mi hermano un día se metió en un quilombo y el turro me lo vendió sin decirme nada. Claro, yo me fui a enterar justo un día que íbamos a ensayar y resulta que no encontraba el bajo por ningún lado… Igual no éramos la gran cosa, hacíamos un poco de ruido nada más, pero estaba bueno, porque esa época era un descontrol, eso fue a comienzos de los 80s. Había… como un clima muy especial… sí… ¿Qué música te gusta? No me digas mejor, mirá, yo escucho de todo ahora, pero tengo mis preferencias. ¡Ah! Eso, ya sé… falta… falta música acá, ¿no? Es más, ahí hay un par de discos que traje el otro día… se los presté a A. para que los escuche. Dejame poner algo, ¿si? Seguro que te va a gustar. Ahora pongo un disco y seguimos con estos masajes en la cama, vamos, dale.
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